UNIDAD 7

Transición tardoantigua y fragmentación del poder (siglos III–V d.C.)
En esta última unidad cerramos el recorrido del programa retomando el eje que lo atravesó desde el inicio: las formas históricas del poder, sus transformaciones y sus límites. Entre los siglos III y V d.C., el Imperio romano experimenta un proceso de reformas, tensiones y reconfiguraciones que modifican profundamente su estructura política, territorial y simbólica. Más que una “caída” abrupta, este período nos invita a pensar en una transición compleja, en la que continuidades y rupturas se entrelazan.
La llamada crisis del siglo III puso en evidencia las fragilidades de un imperio extendido sobre vastos territorios. Las reformas administrativas y militares redefinieron la organización provincial, fortalecieron el aparato burocrático y reorganizaron el ejército. La división entre Oriente y Occidente no implicó una ruptura inmediata, sino una adaptación a nuevas condiciones de gobierno. En este contexto, el limes deja de entenderse como una simple línea defensiva para convertirse en un espacio dinámico de contacto, negociación y conflicto. Las fronteras se vuelven móviles, permeables, atravesadas por intercambios, asentamientos y alianzas.
En paralelo, el cristianismo modifica de manera decisiva el horizonte simbólico del Imperio. Desde su reconocimiento legal hasta su consolidación como religión oficial, transforma las bases de legitimidad del poder político. El emperador ya no es únicamente garante del orden tradicional, sino que se inserta en un nuevo marco religioso que redefine la relación entre autoridad y trascendencia. La ecúmene imperial comienza a adquirir también un sentido simbólico y espiritual que trasciende las fronteras estrictamente territoriales.
Al mismo tiempo, los pueblos en movimiento —godos, vándalos, francos, entre otros— se incorporan al escenario imperial no solo como enemigos externos, sino como federados, aliados o asentados dentro de las fronteras. La frontera oriental, marcada por la presencia del Imperio sasánida, se consolida como un espacio de rivalidad persistente y de equilibrio inestable. En este contexto, la construcción del “bárbaro” y del “otro” en los discursos imperiales y cristianos revela tanto tensiones políticas como redefiniciones culturales.
La fragmentación del Imperio romano de Occidente en el siglo V no supone la desaparición inmediata de las estructuras romanas, sino su transformación y adaptación en nuevas configuraciones políticas. En Oriente, la continuidad imperial preserva elementos administrativos y culturales que darán forma al Imperio bizantino. La Antigüedad no se extingue de un día para otro: muta, se reconfigura y proyecta su legado hacia el mundo medieval.
Esta unidad nos invita a interrogarnos sobre cuándo y cómo termina la Antigüedad, cómo se redefine la autoridad en contextos de crisis, y de qué modo las fronteras —geográficas, culturales y religiosas— estructuran las relaciones entre centro y periferia. El análisis de la transición tardoantigua permite comprender que los procesos históricos no se cierran con fechas simbólicas, sino que se transforman en continuidades complejas que enlazan épocas.
clase teórica del 05/06/26