Las desigualdades sociales no pueden analizarse de manera aislada, sino que se entrecruzan y generan situaciones específicas de exclusión. Ser mujer, pobre, indígena o vivir en zonas rurales no son condiciones separadas, sino factores que se combinan y profundizan la vulnerabilidad frente al acceso a derechos básicos como la salud.
Una noticia que refleja esto es "mujeres indígenas del norte reclaman por atención médica y derechos reproductivos" (Télam, 2025). En ella se cuenta cómo mujeres de comunidades originarias del Chaco y Formosa denuncian la falta de médicos permanentes, la escasez de insumos y la distancia entre sus comunidades y los hospitales. Muchas veces, los partos se realizan sin acompañamiento profesional y en condiciones precarias. Además, existen barreras culturales y lingüísticas que dificultan el diálogo con los profesionales de salud, quienes en general no tienen formación intercultural ni intérpretes.
Desde la perspectiva del autor, esta situación puede entenderse como un ejemplo de interseccionalidad, donde el género, la etnia y la clase se cruzan generando una forma particular de opresión. No se trata solo de mujeres o de pueblos indígenas, sino de mujeres indígenas, cuyo acceso a la salud se ve limitado por múltiples desigualdades que se refuerzan entre sí
Las políticas públicas deben contemplar estas diferencias ya que cuando se diseñan de forma general y urbana terminan reproduciendo exclusiones. El Estado, al no garantizar un sistema de salud inclusivo y con enfoque territorial, invisibiliza las realidades de estos grupos.
La mirada interseccional nos ayuda a entender que las desigualdades no se suman, sino que se cruzan y se refuerzan entre sí. Desde el Trabajo Social, esto significa acompañar a las personas con respeto a su cultura y su realidad, reconociendo las distintas formas de discriminación que viven y defendiendo su derecho a una salud digna y accesible.